¡Rodando! Revista de cultura cinematográfica nº 1 2026 - Sección Cultura cinematográfica
¡Rodando! nº 1 2026 - Sección Cultura cinematográfica
Un rostro prestado:
trayectoria del yellowface
en la era dorada de Hollywood
Jianan Nie*
En 1937, en Hollywood, Paul
Muni —actor judío nacido en Austria, leyenda de los escenarios de Broadway— se
sentaba en el sillón de maquillaje mientras un equipo de especialistas le
pegaba los extremos de los ojos hacia arriba con cinta adhesiva, le rebajaba el
puente nasal con prótesis y le aplicaba una capa de base oscura sobre todo el
rostro. El proceso duraba tres horas. Al terminar, cruzaría el set convertido
en Wang Lung, un campesino del norte de China. La película se llamaba La
buena tierra (The Good Earth, 1937), estaba basada en la novela
homónima de Pearl S. Buck y recibiría cinco nominaciones al Óscar.
Mientras tanto, Anna May Wong
—la actriz sino-estadounidense más reconocida del Hollywood de los años
treinta— esperaba una llamada que nunca llegó. Ella misma había expresado su
interés en interpretar a O-Lan, la protagonista femenina. La respuesta de la
productora fue que necesitaban una estrella con mayor tirón en taquilla. El
papel recayó en la actriz alemana Luise Rainer, quien también se pintó un
"rostro oriental" y ganó con ese personaje el Óscar a la mejor
actriz.
Esto es el yellowface: la práctica mediante la cual actores blancos caracterizaban a personajes asiáticos a través del maquillaje, modificaciones físicas y efectos de voz. No fue un episodio aislado del cine primitivo, sino una costumbre sistémica que se prolongó durante casi medio siglo, sostenida por una lógica que nadie verbalizaba pero que funcionó sin interrupciones: las historias sobre chinos podían contarse, pero no podían contarlas los chinos.
I. La mirada compasiva: La
buena tierra (The Good Earth, 1937)
En su momento, La buena
tierra fue celebrada como la representación más generosa que Hollywood
había ofrecido nunca de China. The New York Times la calificó de
homenaje profundo al pueblo chino. La película, en efecto, no construía
villanos chinos ni agitaba el pánico del peligro amarillo; aspiraba, en
cambio, a una historia de humanidad universal —un campesino, su tierra, su
familia, su lucha—.
Pero es precisamente esa
"buena voluntad" lo que convierte a esta película en el caso más
revelador de toda la historia del
yellowface.
La transformación de Paul Muni
en "chino" iba mucho más allá de la cara. Se le exigía caminar de una
manera artificialmente desgarbada: cuerpo inclinado hacia delante, pasos
pequeños y apresurados, manos suspendidas torpemente a los costados. Al hablar,
cada sílaba se alargaba y la entonación permanecía plana y monótona, como si el
inglés le resultara una lengua de esfuerzo costoso. En la escena en la que
acude a casa del rico a pedir una esposa, se deshace en reverencias exageradas
y se restriega las manos sin cesar, con una expresión de sumisión teatral que
no responde a cómo un campesino chino real reaccionaría ante las diferencias de
clase, sino a la imagen que Hollywood se había fabricado del "chino
pobre".
La ausencia de Anna May Wong
desvela la paradoja más profunda del
yellowface: cuando un actor blanco puede invertir tres horas en maquillarse
para "convertirse" en chino y luego desmaquillarse para
"volver" a ser él mismo, la "chinesidad" se reduce a un
disfraz que se pone y se quita. Una actriz de origen chino no podía quitarse su
propio rostro y, sin embargo, era excluida del cine precisamente por ese
rostro. Cuanto más sincero era el humanismo de la película, más irritante
resultaba esa contradicción: La buena tierra proclamaba que los chinos
también tienen dignidad, pero se negaba a dejar que los chinos interpretaran su
propia dignidad.
II. La máscara del héroe: Estirpe
de dragón (Dragon Seed, 1944)
Siete años después, el mundo
había cambiado radicalmente. Tras el ataque a Pearl Harbor, China se había
convertido en aliado de guerra de Estados Unidos, y Hollywood recibió un
encargo implícito: transformar al chino de "un otro exótico"
en "valiente compañero de armas".
Estirpe de dragón (1944), también basada en una novela de Pearl S. Buck,
nació de esa coyuntura. Esta vez, la bandera de la "imagen positiva de
China" la portaría la estrella más cotizada del momento: Katharine
Hepburn. Ella encarnaría a Jade, una joven campesina china con ansias de
estudiar que se suma a la resistencia antijaponesa.
La transformación de Hepburn
siguió el mismo camino técnico que la de Muni: los extremos de los ojos
intervenidos con un procedimiento especial, un maquillaje de base espeso y
tirando a ocre. Walter Huston, que interpretaba a su suegro, lucía una barba
caída que llevaba décadas fijada en el imaginario de Hollywood como el sello
visual del "anciano campesino chino". La producción contó con dos
millones de dólares de presupuesto, noventa acres de decorados que reproducían
una aldea china y quinientos extras —pero el reparto principal seguía siendo
blanco de principio a fin.
Aquí aparece un detalle de una
ironía difícil de superar. La producción descartó expresamente a Anna May Wong
para el papel de Jade —la misma actriz que había sido rechazada por La buena
tierra siete años antes— con el argumento de que "el público no
aceptaría a una actriz china auténtica en el papel protagonista". Dicho de
otra manera: en una película dedicada por entero a glorificar el heroísmo del
pueblo chino, una persona verdaderamente china resultaba "poco
creíble".
De La buena tierra a Estirpe de dragón, la imagen de los chinos en pantalla pasó de "pobres sufrientes dignos de compasión" a "guerreros dignos de admiración". Pero quien los encarnaba no cambió ni una sola vez. Eso demuestra que el yellowface no era producto de un contenido político determinado. Independientemente del carácter moral que Hollywood atribuyera a los personajes chinos, ese "rostro chino" tenía que ser llevado por un blanco para resultar "legítimo".
III. La jaula de terciopelo: El
mundo de Suzie Wong (The World of Suzie Wong, 1960)
En 1960 se produjo un cambio
importante: por fin, la actriz que interpretaba a una mujer china era, en efecto,
china.
Nancy Kwan —actriz de origen
chino-británico nacida en Hong Kong— interpretó a Suzie Wong, una prostituta de
Hong Kong, en El mundo de Suzie Wong. Técnicamente hablando, esta
película no pertenece al género del
yellowface: no hay cinta adhesiva, no hay prótesis, no hay actriz blanca
disfrazada de asiática. ¿Significa eso que fue un avance?
Analizada con detenimiento, la
respuesta es bastante más compleja.
Al comienzo de la película,
Suzie Wong conoce al pintor americano Robert en el transbordador que cruza de
Kowloon a Hong Kong. Se presenta como hija de un próspero comerciante, criada
con severidad, virgen, prometida en matrimonio. Una imagen de respetabilidad
impecable. Pero esa no es una mentira ordinaria: es la imaginación fugaz que
una mujer despojada de todo dedica a la vida que debería haber sido suya. La
verdad es que un inglés la engañó con promesas de matrimonio, que tuvo un hijo
de esa unión que nunca llegó a ser, y que terminó ganándose la vida en un
burdel de madera al borde del derrumbe. La película envuelve este pasado en una
bruma de "misterio", un condimento narrativo que hace a Suzie más
atractiva, en lugar de formularse la pregunta de fondo: ¿qué fuerzas concretas
empujan a una mujer que soñaba con ser una hija respetable hasta ese punto? La
ausencia de esa pregunta resulta, a la larga, más inquietante que cualquier
prejuicio declarado.
Aún más reveladora es una
pequeña escena que podría parecer inocua. Un día Suzie se presenta con un
vestido occidental de flores, imitando el estilo de las mujeres que sabe que
Robert admira. La reacción de él es de enfado: le pide que se lo quite y vuelva
al qipao, porque tiene una "belleza oriental innata" que esa
ropa no debería ocultar.
Superficialmente, es un hombre
que aprecia a la mujer que ama. Pero si uno observa la estructura de poder que
late bajo esa escena, resulta que cuando Suzie intenta elegir por sí misma cómo
presentarse ante el mundo, la autoridad del hombre blanco interviene de
inmediato para devolverla a su lugar de "otro oriental", y ese acto
de coerción queda envuelto en el lenguaje del amor. Sea rojo, dorado o verde
oscuro, el qipao acaba siendo una frontera: no la de la moda, sino la de
la identidad, la del poder.
El hijo ilegítimo de Suzie
desempeña también un papel que merece atención. Su existencia apunta al daño
específico que sufren las mujeres en la Hong Kong colonial, pero el tratamiento
que la película le da resulta perturbador: mientras vive, sirve para suavizar
la imagen de Suzie y hacerla "merecedora de amor"; cuando muere,
aplastado por la choza de madera que cede con las lluvias, su desaparición
borra el último vínculo de Suzie con su "vida anterior" y despeja el
terreno para que el "rescate" de Robert resulte verosímil. Una vida
real, instrumentalizada sin disimulo al servicio de la máquina narrativa.
Ahí está, precisamente, la
sutileza más perturbadora de El mundo de Suzie Wong: cuando por fin
aparece en pantalla un rostro asiático auténtico, el problema formal del yellowface parece resuelto. Pero la
estructura de la mirada —es decir, quién tiene el derecho de definir cómo debe
ser una mujer oriental— permanece intacta. El qipao sigue siendo la
proyección del deseo occidental, Hong Kong sigue siendo un escenario exótico
dispuesto para el consumo, y Suzie sigue siendo un objeto que aguarda a ser
salvado. La cara ha cambiado; la máscara es la misma.
Epílogo: ¿de quién es la
historia, quién la cuenta?
De La buena tierra a Estirpe
de dragón, y de ahí a El mundo de Suzie Wong —casi treinta años,
tres contextos históricos completamente distintos: la paz, la guerra y la
Guerra Fría—, una sola cosa no varió: quién tenía el derecho de definir lo
"chino", quién podía contar las historias asiáticas y qué forma les
daba la mirada que las contaba.
El yellowface es el síntoma más visible de esa estructura de poder,
pero su desaparición no implica que la estructura desaparezca con él. Como
demuestra el caso de Suzie Wong, cuando por fin se permitió a una actriz
asiática subir al escenario, los papeles que podía interpretar y las historias
que se le dejaba contar seguían siendo trazados por otro sistema.
Cien años después, Hollywood ya
no recurre a actores que se pegan cinta adhesiva en los ojos. Pero cada cierto
tiempo, cuando los personajes asiáticos en pantalla siguen reduciéndose a
maestros de artes marciales, dragones misteriosos, fieles asistentes o amantes
en espera de rescate, ese rostro prestado sigue ahí, reconocible bajo la
superficie.
* Jianan Nie es posgraduada en Periodismo por la UCM y está finalizando su tesis doctoral sobre la representación de China en el cine de Hollywood.
Hablar
de cine
Joaquín
Mª Aguirre*
El Cine
ha sido el arte del siglo XX. ¿Lo seguirá siendo en el XXI? Amenazado por una
forma diferente de consumo cultural, absorbente e implacable, el Cine se mueve
en terrenos resbaladizos para su futuro.
De
todas las formas de las Artes —de la Literatura a la Pintura, de la Música al Teatro, de la Danza
a la Ópera...— la única que no ha sido incorporada al sistema de enseñanza es
el Cine, que a muchos efectos no ha superado los estándares del
entretenimiento, de un rato de palomitas para pasar el tiempo. Sin embargo el
Cine es mucho más que eso. Es el arte del siglo XX, pero con unos
condicionantes que lo han sujetado a limitaciones que han complicado su
tránsito al siglo XX y al sistema educativo. El hecho de ser un arte popular y masivo, lo ha mantenido alejado de nuestras aulas con unos efectos
negativos que se han combinado con su carácter industrial en su producción y,
por ello, lucrativo.
Pero el
Cine es un arte ligado a un siglo, el XX, que se aleja a gran velocidad del
XXI, dejando en el olvido su existencia. Hemos hecho un mundo veloz en el
olvido y cambiante en las formas de acceso a la cultura.
Las salas,
para las que estaban pensadas las películas, con pantallas grandes, el público
masivo y la experiencia de la proyección, han ido desapareciendo poco a poco y
la nuevas generaciones solo acceden de vez en cuando a lo novedoso. Las
televisiones, inicialmente rivales, acabaron convirtiéndose en defectuosas
filmotecas para recoger en sus programaciones el cine que ya no llegaba a las
salas. Ahora esto también ha cambiado.
Las
posibilidades de acceder al cine mediante cintas y posteriormente discos (DVD, Blu-ray,
4K) permitían el coleccionismo, la cinefilia, pero está demasiado sujeta al
mercado, entendido como pura rentabilidad de los sistemas.
Todo
esto nos lleva a una situación de olvido e ignorancia del pasado del cine, de
todo un siglo de valiosos textos cinematográficos imprescindibles muchos de
ellos pues se han esparcido por la cultura moderna. Hay un cine sin
trascendencia, sí, como hay novelas, música o pintura intranscendentes. Pero
hay un valioso depósito de obras que nos permiten entender mucho de nuestro
presente o que contribuye a configurar nuestra mirada con cierto sentido de
profundidad y trayectoria.
Ante
esto, se hace imprescindible hablar de cine, traerlo a nuestras miradas, evitar
que se pierda en la oscuridad del olvido.
La
mejor forma de hacerlo es compartir, hablar de cine. Es uno de los objetivos de
esta publicación, un complemento a la experiencia de ver una película, algo más
allá de lo que se nos ofrece como presente cinematográfico, muchas veces algo
que no sobrevive a su estreno por la llegada del siguiente.
No hay
mejor forma de hablar de cine que la experiencia compartida de las películas. Me
refiero a los denominados cine-fórums o cine-clubes, espacios en los que se pueden
ver las películas y hablar de ellas.
Durante
dieciséis años he tenido la oportunidad de programar y dirigir las sesiones del
cine-fórum de nuestra Facultad. Ha sido la experiencia de poder ver las
películas y escuchar, debatir las opiniones de los asistentes. Ha sido también
la oportunidad de ver a muchos crecer como espectadores, verles profundizar en
lo que habían visto desde múltiples direcciones, de las técnicas a las
históricas, de las puramente fílmicas a las culturales, a comprender el sentido
de los géneros, las formas de representación, la creación de estereotipos, etc.
La
experiencia compartida es una forma de ampliar nuestra comprensión del cine.
Hablar sobre lo visto en la pantalla nos permite crear un nuevo nivel de
entendimiento en el que cada uno aporta su visión y entra en la de los demás.
La película deja de ser una experiencia solitaria en la oscuridad de una sala
para poder pasar a una forma comunal y comunicativa.
Este
carácter compartido permite además sacar al cine de un esteticismo aislante en
el que incurren muchas veces los análisis formalistas académicos. La película
se convierte en una entrada a aspectos que no están habitualmente cerca; son
una ampliación de lo que el mundo nos ofrece, un cambio de perspectiva.
Una
buena selección fílmica, una buena programación, nos permite seleccionar focos
de interés. Hay buenas películas para todo, múltiples perspectivas que nos
permiten acercarnos a problemas, situaciones que nos pueden interesar. El Cine
ha tratado todo y desde todos los ángulos.
Se
pueden organizar ciclos sobre intereses particulares con películas que nos
permitan comprender mejor determinadas cuestiones, problemas, etc. Se pueden
organizar ciclos sobre géneros o cualquier otro tipo. Se pueden ver películas
fuera de ciclos, al ritmo de la realidad mundana, de lo que nos ocupa el día a
día. Siempre hay películas que, pasados los años, vuelven a la actualidad
traídas por nuevos acontecimientos.
Las
tendencias educativas, al trazar fronteras en todo, va contra la realidad de
las formas inclusivas de la vida en las diferentes artes. El Cine es una forma
múltiple, contiene la mayoría de los lenguajes de otras artes, desde los
valores visuales (del color a los encuadres), interpretativos (actorales, como
el teatro), narrativos (el cine es hijo de la novela en muchos aspectos),
musicales (de las óperas a los musicales, la danza)... Sí, el cine es un arte
de artes; nos educa la mirada y el oído, nos hace fijarnos en el detalle y
situar lo que las pantallas nos muestran en el mundo real y viceversa.
Que
condicionamientos comerciales y tecnológicos, comunicativos, nos hagan perder
la memoria cinematográfica es de un enorme impacto cultural. Hay que llevar el
cine a las escuelas, convertirlo en una herramienta educativa, en un apoyo y en
un fin. Hay que reclamar su entrada en el sistema educativo. Es de justicia
para el arte del siglo XX, pero también un beneficio para estos públicos
perdidos a los que se les ha reducido la memoria y la capacidad de atención en
beneficio de un mercado y consumo globales. Y hay que hacerlo antes de que la
deformación inducida se haga con ellos imposibilitándoles el acceso a otras
formas culturales.
La
actualización del consumo, como ha ocurrido en otras artes, destruye el sentido
histórico de la experiencia estética en favor de un consumo al dictado del
presente que apenas dura, que rechaza el sentido de lo compartido, de la idea
de "clásico", "histórico", etc. es decir, que solo vive en
el presente a través de lo nuevo.
Muchas
veces me encuentro con la misma respuesta: "Veo cine porque en mi casa se
veía cine". Esto supone que la experiencia familiar compartida es la base
de muchos aficionados, personas para las que ver películas es una experiencia
que disfrutan, capaces de obtener un placer estético, una emoción sincera. La
sala familiar ha sustituido a las desaparecidas salas de cine. Puede que no
dependa de nosotros la vida de las salas, pero sí podemos producir, de la casa
al aula, nuevos espacios compartidos en los que podamos ver y hablar de cine.
La
experiencia de programar cine-fórums permite apreciar otra cuestión importante.
Permite salir del encierro de un mismo tipo de cine. Podemos programas películas
de muchas culturas, alternar el cine clásico norteamericanos con películas,
chinas, iraníes, japonesas, alemanas, rusas... Podemos ver otros puntos de
vista, otras formas de vida, otra forma de escribir la Historia.
Una de
mis mejores experiencias en estas sesiones de cine ha sido en unos encuentros
trimestrales con gente de más edad. Frente a la inexperiencia de los jóvenes,
hay varias generaciones que disfrutan del doble momento, el del recuerdo y el
de la actualidad. Vemos las películas que vieron en su momento y que ya no
tienen acceso por diversos motivos. Es muy gratificante recoger la alegría del
disfrute de las películas con las que vuelen a atraer parte de su pasado.
Termina la película y es un torrente de recuerdos y sentimientos. Es una
reacción diferente, muy diferente, a la del joven que ve por primera vez un
filme. Pero todo cabe en el Cine.
Un
repaso por la red me permite ver que hay muchos cinefórums en marcha, que
instituciones y particulares tratan de vencer el vacío cinematográfico que les
rodea. Es una buena noticia aunque sea el efecto de una carencia.
Apostemos
por recuperar las vejas películas, formemos una vocación de espectador
diferente a las que trae el moderno consumismo de un mundo poblado de imágenes
controladas. Hagamos del cine experiencia estética, emocional y cultural
compartida.
¡Veamos cine! ¡Hablemos de cine! Esta revista nace como un espacio para hablar de cine, lejos de intereses comerciales o académicos, cerca de un arte que va perdiendo cada día su sitio en nuestros espacios, en nuestra memoria.
* Joaquín Mª Aguirre es doctor en Comunicación Audiovisual y coordinador del Cinefórum de CC. Información (UCM). Editor de ¡Rodando!












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