¡Rodando! Revista de Cultura cinematográfica nº1 - 2026 Sección Rostros. Actores y actrices
Sección Rostros. Actores y actrices
Es casi
obligado comenzar esta sección dedicada a actores y actrices con el centenario
de un mito, Marilyn Monroe. Como todos los mitos, su creación se mueve entre la
realidad y la fantasía, es difícil de explicar y fácil de sentir. Es parte de
la magia del Cine la existencia de estos fenómenos más allá del raciocinio y
más cerca del las fantasía que el cine despierta en nosotros.
Marilyn
es un fenómeno más allá de la fotogenia, ese enamoramiento de la cámara de
algunos rostros. Muchos actores tienen un "lado bueno", pero la
fotogenia va más lejos y la fascinación vive en todos los ángulos. Es un
fenómeno que no tiene explicación, pero sí resultados tangibles. No es tampoco
una cuestión de belleza, sino de la fuerza que se emana desde la pantalla que
hace que no quitemos ojo de quien posee esa fotogenia.
No hace
muchas semanas, antes de tener conocimiento del centenario del nacimiento de la
actriz, volví a ver Bus Stop, la
película de Joshua Logan de 1956. Ya Marilyn fascina y nos hace olvidarnos del
argumento y fijarnos en su personaje / persona, pues no puede desprenderse de
ella misma. Eso no significa que no actúe,
que no dé vida al personaje, solo que no podemos dejar de ver esa doble
dimensión. Tras verla, separé con ganas Los
caballeros las prefieren rubias (1953) para una próxima revisión.
Hoy
vemos los filmes de Marilyn a través del mito cinematográfico, uno de los más
poderosos del siglo XX. La vemos como tal y olvidamos la triste historia de su
vida y su trágico final. Su presencia en pantalla nos fascina y es después
cuando completamos su figura con todos esos datos.
Algunos quieren reducir el mito a una cara bonita, pero Marilyn es mucho más que eso. La expansión de su imagen fue más allá. Ella no imitó a nadie, fue ella misma, consciente o inconscientemente. Sin embargo, ella fue imitada y todavía lo es, un icono reconocible.
En la
escena final de Los caballeros las
prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes,
Howard Hawks 1953), Dorothy Shaw (Jane Russell) aparece teñida de rubia en el
juzgado haciéndose pasar por Lorelei (Marilyn). Toda la escena es una imitación paródica
del número central del filme, un glorioso canto a los diamantes. El escenario cambia radicalmente y Dorothy la imita en el canto y en los gestos, en sus movimientos
seductores. La escena necesita de la inteligente parodia para resaltar lo hecho
previamente por Marilyn. Donde había devotos y elegantes caballeros, a Dorothy
la rodean ahora los policías y funcionarios del juzgado muy animados por el
número que se les dedica.
Las
generaciones jóvenes pueden no reconocer a muchos grandes actores y actrices de
las décadas anteriores, pero todos identifican a Marilyn, aunque no hayan visto
sus películas. Algunas de sus fotos forman parte de las imágenes del siglo, son
presente constante. Los siglos anteriores acumularon ciertos rostros en las
pinturas. Marilyn es un rostro del siglo XX y forma parte de ese paisaje
icónico fotográfico con unos pocos nombres más. Muy pocos.
No le
tuvo miedo al Hollywood de la época, lleno de estrellas poderosas. Si repasamos
su filmografía la encontramos llena de retos. No tuvo miedo de medirse a
grandes actores del momento o trabajar con buenos directores. Muchos de sus
filmes son ya clásicos. Eligio bien cuando pudo elegir y fue bien elegida por
muchos.
En la
sucinta biografía que encontramos en la IMDB se resalta un dato: tenía 400
libros. Puede parecer algo sin sentido, pero lo tenía en un mundo de
"rubias tontas", como quería el tópico machista. Hay otros datos que
resaltan su interés por ser algo más que una presencia. Construyó sus
personajes en un mundo que no le daba demasiado espacio a las actrices, salvo
en determinados casos.
La vida
no la trató bien desde sus inicios. Sufrió.
En la
escena de Los caballeros las prefieren
rubias (Howard Hawks 1953) en la que Lorelei (Marilyn Monroe) se encuentra con
medio cuerpo atrapado al intentar salir de un camarote por un ojo de buey, un
niño aparece y ella le pide ayuda. El niño dice que la ayudará por dos razones:
la primera es que es muy pequeño como
para que la Policía le haga algo; la segunda es por el "magnetismo
animal" de ella. Un gag memorable que reconoce ya quién es Marilyn Monroe.
En estos días se celebra su centenario. Aproveche en estos días para ver su filmografía realmente espectacular en las cadenas que le rinden homenaje; también los documentales que hoy le hacen justicia. La recordamos.
Madrid, marzo de 2026, 404 pp.
Trad. de Ricardo Mendoza
Hace
unos días nos llegaba la noticia de la retirada del mundo del cine de Clint
Eastwood. Son 96 años. Me imagino que le habrán tenido que convencer para la
retirada y que les habrá costado. No es frecuente retirarse a esas edades y
tenemos la sospecha que se aburra y le dé por regresar.
El caso
de Eastwood es peculiar y cuánto lo hemos ido descubriendo a lo largo de décadas.
Ha sido
calificado como "mal actor", como "fascista", para ser
coronado final mente como "el último clásico", atesorando premios y
aplausos. Eastwood es un ejemplo de la resistencia contra corriente. Actor,
director, productor, guionista... Eastwood ha hecho de todo ante una crítica
que empezó recelando y que después acababa reculando al ver cómo iba subiendo
metros en su escalada hacia la cumbre del mito, pues acabó con los adjetivos
normales.
Clint
Eastwood era un actor secundario en una serie televisiva, Rawhide, que se recuerda por su excelente tema musical, que quedó
como un clásico. Eran los momentos finales del western y una fuerte crisis de
cine producida por el auge de la televisión. Esta crisis lo era también de
muchos géneros tradicionales, que sentían que habían agotado sus fórmulas y
trataban de retener al público en las salas, como el Technicolor, el 3D, el
Cinemascope, el Estéreo, etc. Lo que ya no ofrecían los argumentos o los
actores, se pretendía suplir con una tecnología que la TV no podía ofrecer en
las casas.
El actor secundario Eastwood llegó a
Europa, a una floreciente industria cinematográfica —la italiana— que vivía de
los restos del neorrealismo y de la imaginación de algunos grandes nombres.
Pero el cine comercial italiano se había especializado, frente al de autor, en
revivir aquello que Hollywood daba por perdido, géneros como el llamado "péplum"
(entre nosotros, películas de romanos)
y el más norteamericano, el western.
Para su éxito en taquilla se fichaba a viejas glorias o a ilustres desconocidos
norteamericanos (o que aparentaban serlo con un cambio de apellidos) que
encabezaban los repartos, pues "cine" era otra forma de decir
"Hollywood" y "Hollywood" otra forma de decir
"América").
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| De Rawhide al dólar |
El
destino hizo encontrarse a Clint Eastwood con Sergio Leone y a este con un
músico llamado Ennio Morricone, los tres se convirtieron pronto en un trío
indisoluble conformando el llamado "spaghetti western", una expresión
despectiva que pronto creo sus primeras obras maestras y elevó a los tres a la
gloria.
Hoy la
"trilogía del dólar" —las tres películas en las que Eastwood participó—
se han convertido en clásicos aclamados por público y crítica. ¿Cuál fue la
parte de Eastwood? Por extraño que parezca para el éxito de un actor, crear un
personaje inexpresivo, de poca palabras, la mayoría monosílabos, masculladas
con un cigarro en la comisura de los labios, sin tener siquiera un nombre, de
hecho se le llamaba "el hombre sin nombre". Era justo lo contrario de
la política de la estrella. Pero todas las piezas encajaban y funcionó.
Funcionó
tanto que los norteamericanos, asombrados del éxito del nuevo género a la
italiana, empezaron a copiarlo. Lo hicieron por lo más evidente. Los actores
dejaron de ir vestidos elegantemente e iban mal vestidos, vulgares, dejaron de
afeitarse y mascullaban. Los tiempos de un Gary Cooper habían pasado. Habían
llegado otros tiempos. Eastwood tuvo su primera etapa de estrella bajo las
melodías extrañas de Morricone con silbidos y demás frente a las que, como en Rawhide —los Blues Brothers la
recuperarían en 1980 de forma paródica en una actuación ante palurdos
exigentes—.
Eastwood
se había hecho estrella con un género agotado, un rostro impasible, sin afeitar
y mascullando monosílabos. Había ido contra todas las reglas para conquistar el
estrellato.
Posteriormente
llegaría otra etapa de sacar de la tumba géneros muertos. Podríamos llamarla la
"etapa ¡alégrame el día!", frase con la que irritó a gran parte de la
crítica que le llamaron fascista. Es el momento estelar de su carrera con su
personaje de Harry Callahan, "Harry el Sucio" (Don Siegel 1971),
creada ya desde su propia productora, la Malpaso Company.
Eastwood,
grandísimo aficionado a la música y practicante de calidad, se lanzó a un
musical de nuevo atípico, el western La
leyenda de la Ciudad sin Nombre (1969), en la que le hablaba a los árboles.
Su voz dulce contrastaba en la pantalla con la de Lee Marvin, que se llevó el
éxito musical en las listas internacionales con la canción Wand'rin' Star (Estrella
errante entre nosotros) y un Oscar como mejor intérprete. La película fue
un enorme éxito por todo el mundo, un western y un musical atípico, pero de nuevo
el giro radical le llevará por otros derroteros.
Esta
vez no será un forajido, no llevará barba de una semana ni poncho, no cantará a
los árboles. Irá trajeado, pero el principio venía a ser el mismo, la pistola
rápida y los métodos expeditivos. Se acabó el musical. Será un policía con sus
propias reglas, enfrentado a sus superiores y deseoso de apretar el gatillo. El
género desmantelado será el maniqueísmo policial, los buenos y malos claramente
separados.
En
España se conoció a Eastwood con la peculiar voz de Constantino Romero. Lejos
quedaba la voz "dulce" del actor sustituida en el doblaje por la
profunda de Romero. Entendemos los efectos que puede tener el doblaje en la construcción
del personaje y en su interpretación por parte de los espectadores. La voz
"débil", melodiosa de "Harry" en inglés se compensaba con
el tamaño de su pistola; en la versión española impresionaba más el vozarrón de
Constantino Romero diciendo "¡alégrame el día!" que el pistolón. La
posibilidad de escucharla en versión original con la llegada de los DVD hizo
mucho para comprender las actuaciones de Eastwood y la construcción de sus
personajes.
Lo que
había pasado con el western a la italiana que los norteamericanos copiaron
pronto, pasó con el policial del impasible agente de métodos poco limpios. Se
hizo en los setenta, un periodo crítico de políticas, de brutalidad y de
protestas callejeras. Harry y irritaba, pero fue un éxito de público y hoy en
día se sigue reponiendo en nuestros canales televisivos. La frase
"¡alégrame el día!" se ha convertido en popular, en parte de la
cultura.
Hay
otro Eastwood que contrasta con los modelos de personajes señalados; es el que
abre con una película romántica, Los
puentes de Madison (1995). Aquí ya no hay los quiebros de La leyenda de la
ciudad sin nombre, sino una delicada película de sentimientos, algo que
contrastaba con sus rígidos papeles en westerns y policiales. Eastwood siente,
tal como Garbó habló, un salto en los registros. El que había sido representado como un hombre detrás de una gran pistola, pasaba a tener otros registros. Se aparcaba la violencia y se dejaba paso a una forma de delicadeza que sorprendía. Un enorme éxito y el público aplaudió la ampliación del actor y director.
Eastwood
ha jugado a lo largo de su extensa carrera con estos juegos de géneros incorporando
un personaje en el que se sentía a gusto y al que rodeaba de historia y entorno
ajustado. Los éxitos de pantalla por parte del público, los reconocimientos de
la crítica y la colección de premios de todo tipo concedidos le han valido la
etiqueta del "último clásico". Es cierto que su "clasicismo"
consiste en arremeter contra los "clásicos", contra los modelos
estandarizados y darles la vuelta, pero eso forma parte del juego del arte, el
saber cuándo algo está fuera y se puede meter dentro del sistema, cuáles son
las variantes prescindibles y cuáles las novedosas.
No es
probable que exista en el mundo del cine otra personalidad como la de Eastwood,
con éxito en todas esas facetas, de la producción a la dirección pasando por la
interpretación. Lo tuvo todo en contra y supo darle la vuelta, hizo de la
inexpresividad virtud creando personajes que funcionaban cuando todos pensaban
que no funcionarían. Contó historias que se consideraban obsoletas y las llevó
al éxito. Levantó lo que otros habían dejado abandonado en el basurero cultural.
Es un reciclador nato.
los carteles, fotografías, etc. le identifican con una pistola grande, enorme, distorsionada por la perspectiva. Pero ha hecho mucho más. Como actor, dicen que es limitado, pero ha sabido jugar con sus limitaciones ajustando el entorno y las historias. Ha roto su propia imagen saltando entre géneros, pero curiosamente se ha reafirmado y fortalecido. Le ha valido ser reconocido como "clásico", el último. Ha llegado hasta el final, un largo final.
Nos dicen que se retira cerca ya de la centena, Una larga carrera, una enorme lista de éxitos y premios. Ha estado ahí hasta que lo hemos considerado imprescindible, inimitable por más que lo hayan intentado. El vaquero que salió de Europa; el duro de la voz suave; el hombre detrás de la pistola que cantaba a los árboles.
Mientras
los estudios tratan de crear estrellas conforme a sus modelos, el público tiene
sus propios métodos. Pepe Isbert es una estrella del público que los estudios
asumieron. Todos los parámetros que sirven para definir una estrella fallan con
Pepe Isbert y, sin embargo, ahí lo tenemos, participante en muchas de las
películas clave del cine español.
En diez
años, entre el 1953 de "Bienvenido, Mr Marshall" y "El
verdugo" de 1963, ambas de Luis García Berlanga, tenemos a Isbert en
películas como "Los jueves, milagro" (Luis García Berlanga 1957) y "El cochecito" (Marco Ferreri 1960),
todas obras maestras de una época dorada del cine español. En ellas, Pepe
Isbert luce su saber hacer como actor.
¿Qué
hace de Isbert una estrella atípica? Indudablemente, ser un gran actor y generar
la empatía de los espectadores. Isbert es una estrella perdurable, no un
capricho del momento. Acaba siendo un sello de calidad y funcionamiento que los
directores quieren tener en sus películas: Isbert es una garantía.
Entre
los murales de mi Facultad, donde están representados los hermanos Marx, La ventana indiscreta de Hitchcock, Tesis de Amenábar, la Dorothy bajo el
arco iris de El mago de Oz o la bici
recortada en la luna de E.T., tenemos
una pared dedicada a Pepe Isbert y a Manolo Morán (otro gran actor) en la
memorable escena del balcón ("¡como alcalde vuestro que soy...!").
Puede que los alumnos que pasan diariamente ante ellos no sepan quiénes son o
que hacen allí, pero los monumentos son puestos por algo y por alguien.
Hay
actores memorables por lo que dicen, por sus líneas de guion, pero Isbert es
una presencia, alguien en la pantalla que nos hace sentir próximos, un fenómeno
cercano a la parte mágica que el cine indudablemente tiene.
El sociólogo Pierre Sorlin sostiene que es esa conexión con ciertos actores y actrices lo que nos lleva a las salas, ese sentimiento placentero que nos desconecta del mundo que dejamos fuera y nos adentra en otro diferente, mágico, primario, creado en la oscuridad de la sala.
Pepe
Isbert es más que sus personajes, algo propio de ciertas estrellas, de muy
pocas. No fue perdiendo con el paso del tiempo, sino ganando.
Lo
podemos comprobar es sus filmes, en como llena la pantalla cuando aparece y nos
cambia el rostro a los que estamos viendo. Algo ha cambiado. Recordemos simplemente la parodia de western en pseudo inglés balbuceante en ¡Bienvenido Mr. Marshall! No hace falta hablar, lo cómico está ahí.
Invitamos
a descubrir estas experiencias en las obras maestras citadas o en obras menores,
pero que contaron con su presencia, películas como la trilogía de "la
familia" con su papel de abuelo rodeado de nietos.
Isbert
es y representa una España ya lejana, lo recordamos en sus papeles de mayor,
mientras que nos sorprende en las fotografías de joven en sus primeras
películas. Isbert estuvo de joven en el teatro, nos dicen que no le interesó el
cine mudo, pero que luego dio el salto al sonoro. Es ya en su etapa adulta
cuando jóvenes directores se fijan en él, como García Berlanga, y lo incorporan
a su retrato generacional de una España que critican. La diferencia entre un
Isbert joven y otro mayor es olvidada en beneficio de esta última. Es un Isbert
medio sordo, medio carrasposo en su habla, una imagen de una España que está
pasando. Pero el efecto es lo entrañable, la atracción de la estrella
imperfecta.
Joaquín Mª Aguirre























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