¡Rodando! Revista de Cultura cinematográfica nº1 - 2026 Sección Rostros. Actores y actrices

 Sección Rostros. Actores y actrices





Marilyn Monroe (1926-1963)


Joaquín Mª Aguirre

Es casi obligado comenzar esta sección dedicada a actores y actrices con el centenario de un mito, Marilyn Monroe. Como todos los mitos, su creación se mueve entre la realidad y la fantasía, es difícil de explicar y fácil de sentir. Es parte de la magia del Cine la existencia de estos fenómenos más allá del raciocinio y más cerca del las fantasía que el cine despierta en nosotros.

Marilyn es un fenómeno más allá de la fotogenia, ese enamoramiento de la cámara de algunos rostros. Muchos actores tienen un "lado bueno", pero la fotogenia va más lejos y la fascinación vive en todos los ángulos. Es un fenómeno que no tiene explicación, pero sí resultados tangibles. No es tampoco una cuestión de belleza, sino de la fuerza que se emana desde la pantalla que hace que no quitemos ojo de quien posee esa fotogenia.

No hace muchas semanas, antes de tener conocimiento del centenario del nacimiento de la actriz, volví a ver Bus Stop, la película de Joshua Logan de 1956. Ya Marilyn fascina y nos hace olvidarnos del argumento y fijarnos en su personaje / persona, pues no puede desprenderse de ella misma. Eso no significa que no actúe, que no dé vida al personaje, solo que no podemos dejar de ver esa doble dimensión. Tras verla, separé con ganas Los caballeros las prefieren rubias (1953) para una próxima revisión.

Hoy vemos los filmes de Marilyn a través del mito cinematográfico, uno de los más poderosos del siglo XX. La vemos como tal y olvidamos la triste historia de su vida y su trágico final. Su presencia en pantalla nos fascina y es después cuando completamos su figura con todos esos datos.

Algunos quieren reducir el mito a una cara bonita, pero Marilyn es mucho más que eso. La expansión de su imagen fue más allá. Ella no imitó a nadie, fue ella misma, consciente o inconscientemente. Sin embargo, ella fue imitada y todavía lo es, un icono reconocible.

En la escena final de Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes, Howard Hawks 1953), Dorothy Shaw (Jane Russell) aparece teñida de rubia en el juzgado haciéndose pasar por Lorelei (Marilyn). Toda la escena es una imitación paródica del número central del filme, un glorioso canto a los diamantes. El escenario cambia radicalmente y Dorothy la imita en el canto y en los gestos, en sus movimientos seductores. La escena necesita de la inteligente parodia para resaltar lo hecho previamente por Marilyn. Donde había devotos y elegantes caballeros, a Dorothy la rodean ahora los policías y funcionarios del juzgado muy animados por el número que se les dedica.

Las generaciones jóvenes pueden no reconocer a muchos grandes actores y actrices de las décadas anteriores, pero todos identifican a Marilyn, aunque no hayan visto sus películas. Algunas de sus fotos forman parte de las imágenes del siglo, son presente constante. Los siglos anteriores acumularon ciertos rostros en las pinturas. Marilyn es un rostro del siglo XX y forma parte de ese paisaje icónico fotográfico con unos pocos nombres más. Muy pocos.


Es imitada y reconocida, lo que da cuenta de su presencia virtual. Nos dejó, pero sigue ahí como imagen del siglo. Las películas con Marilyn son películas de Marilyn, se apropia de ellas y como tal se ven, da igual que no fuera la estrella principal. Los carteles de sus películas acaban siendo transformados y su nombre pasa al lugar de la estrella porque ya no es una decisión de los estudios, sino de la Historia que la resalta así.

No le tuvo miedo al Hollywood de la época, lleno de estrellas poderosas. Si repasamos su filmografía la encontramos llena de retos. No tuvo miedo de medirse a grandes actores del momento o trabajar con buenos directores. Muchos de sus filmes son ya clásicos. Eligio bien cuando pudo elegir y fue bien elegida por muchos.

En la sucinta biografía que encontramos en la IMDB se resalta un dato: tenía 400 libros. Puede parecer algo sin sentido, pero lo tenía en un mundo de "rubias tontas", como quería el tópico machista. Hay otros datos que resaltan su interés por ser algo más que una presencia. Construyó sus personajes en un mundo que no le daba demasiado espacio a las actrices, salvo en determinados casos.

La vida no la trató bien desde sus inicios. Sufrió.

En la escena de Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks 1953) en la que Lorelei (Marilyn Monroe) se encuentra con medio cuerpo atrapado al intentar salir de un camarote por un ojo de buey, un niño aparece y ella le pide ayuda. El niño dice que la ayudará por dos razones: la primera es que es muy pequeño como para que la Policía le haga algo; la segunda es por el "magnetismo animal" de ella. Un gag memorable que reconoce ya quién es Marilyn Monroe.

En estos días se celebra su centenario. Aproveche en estos días para ver su filmografía realmente espectacular en las cadenas que le rinden homenaje; también los documentales que hoy le hacen justicia.  La recordamos.




Una biografía


Axel Madsen
Stanwyck. Biografía

          Editorial Cult Books
          Madrid, marzo de 2026, 404 pp. 
          Trad. de Ricardo Mendoza
          PVP: 25 euros

Edición española de la biografía de la gran Barbara Stanwyck publicada por Axel Madsen en inglés en 1994. Estamos asistiendo a un renovado interés tras un tiempo de olvido colectivo. Están apareciendo colecciones de libros sobre cine, señal de que hay un público que tiene interés. Esta biografía de Stanwyck tiene más de treinta años, pero eso no significa nada, solo que la actriz sigue viva en nuestras pantallas.
Hace unos días veíamos en nuestro cinefórum Las tres noches de Eva (Preston Sturges 1941), un maravilloso dúo interpretativo en una comedia alocada y que permitió a sus protagonistas, Henry Fonda y Stanwyck, un duelo magistral en la comedia. Con un gran guion. Stanwyck demostraba que podía romper los registros habituales. Interpreta a un personaje que acaba fingiendo ser otra. Para engañar al despechado Fondo, el personaje se transforma en una amanerada británica, lo contrario del personaje que ha encarnado en la primera parte del filme. Todo un recital interpretativo. En el otro extremo interpretativo, puede ver hace un par de días "40 pistolas" (1957), el filme de Samuel Fuller en el que realiza una gran interpretación de una mujer fuerte. Se trata de un western con un comienzo espectacular, en el que ella va al frente de los cuarenta jinetes. Su carrera se movió en todos los territorios de géneros y registros.


La biografía escrita por Madsen nos acerca a Stanwyck en sus dimensiones interpretativas y su vida. , mostrándonos la fuerza de su temperamento y su talento creativo, algo que la pantalla ya reflejaba.
Merece la pena conocerla mejor y comprender ese fenómeno contracorriente que supuso su aparición en las pantallas, primero de cine y luego su poderosa carrera televisiba. Barbara Stanwyck hacía grande la pantalla chica. Esperemos que las generaciones más jóvenes descubran este enorme talento que el Cine aprovechó.
Hay que felicitarse por la buena iniciativa editorial que nos acerca a ella y a su arte.

Joaquín Mª Aguirre






Clint Eastwood


Joaquín Mª Aguirre

Hace unos días nos llegaba la noticia de la retirada del mundo del cine de Clint Eastwood. Son 96 años. Me imagino que le habrán tenido que convencer para la retirada y que les habrá costado. No es frecuente retirarse a esas edades y tenemos la sospecha que se aburra y le dé por regresar.

El caso de Eastwood es peculiar y cuánto lo hemos ido descubriendo a lo largo de décadas.

Ha sido calificado como "mal actor", como "fascista", para ser coronado final mente como "el último clásico", atesorando premios y aplausos. Eastwood es un ejemplo de la resistencia contra corriente. Actor, director, productor, guionista... Eastwood ha hecho de todo ante una crítica que empezó recelando y que después acababa reculando al ver cómo iba subiendo metros en su escalada hacia la cumbre del mito, pues acabó con los adjetivos normales.

Clint Eastwood era un actor secundario en una serie televisiva, Rawhide, que se recuerda por su excelente tema musical, que quedó como un clásico. Eran los momentos finales del western y una fuerte crisis de cine producida por el auge de la televisión. Esta crisis lo era también de muchos géneros tradicionales, que sentían que habían agotado sus fórmulas y trataban de retener al público en las salas, como el Technicolor, el 3D, el Cinemascope, el Estéreo, etc. Lo que ya no ofrecían los argumentos o los actores, se pretendía suplir con una tecnología que la TV no podía ofrecer en las casas.

El actor secundario Eastwood llegó a Europa, a una floreciente industria cinematográfica —la italiana— que vivía de los restos del neorrealismo y de la imaginación de algunos grandes nombres. Pero el cine comercial italiano se había especializado, frente al de autor, en revivir aquello que Hollywood daba por perdido, géneros como el llamado "péplum" (entre nosotros, películas de romanos) y el más norteamericano, el western. Para su éxito en taquilla se fichaba a viejas glorias o a ilustres desconocidos norteamericanos (o que aparentaban serlo con un cambio de apellidos) que encabezaban los repartos, pues "cine" era otra forma de decir "Hollywood" y "Hollywood" otra forma de decir "América").

De Rawhide al dólar

El destino hizo encontrarse a Clint Eastwood con Sergio Leone y a este con un músico llamado Ennio Morricone, los tres se convirtieron pronto en un trío indisoluble conformando el llamado "spaghetti western", una expresión despectiva que pronto creo sus primeras obras maestras y elevó a los tres a la gloria.

Hoy la "trilogía del dólar" —las tres películas en las que Eastwood participó— se han convertido en clásicos aclamados por público y crítica. ¿Cuál fue la parte de Eastwood? Por extraño que parezca para el éxito de un actor, crear un personaje inexpresivo, de poca palabras, la mayoría monosílabos, masculladas con un cigarro en la comisura de los labios, sin tener siquiera un nombre, de hecho se le llamaba "el hombre sin nombre". Era justo lo contrario de la política de la estrella. Pero todas las piezas encajaban y funcionó.

Funcionó tanto que los norteamericanos, asombrados del éxito del nuevo género a la italiana, empezaron a copiarlo. Lo hicieron por lo más evidente. Los actores dejaron de ir vestidos elegantemente e iban mal vestidos, vulgares, dejaron de afeitarse y mascullaban. Los tiempos de un Gary Cooper habían pasado. Habían llegado otros tiempos. Eastwood tuvo su primera etapa de estrella bajo las melodías extrañas de Morricone con silbidos y demás frente a las que, como en Rawhide —los Blues Brothers la recuperarían en 1980 de forma paródica en una actuación ante palurdos exigentes—.

Eastwood se había hecho estrella con un género agotado, un rostro impasible, sin afeitar y mascullando monosílabos. Había ido contra todas las reglas para conquistar el estrellato.

Posteriormente llegaría otra etapa de sacar de la tumba géneros muertos. Podríamos llamarla la "etapa ¡alégrame el día!", frase con la que irritó a gran parte de la crítica que le llamaron fascista. Es el momento estelar de su carrera con su personaje de Harry Callahan, "Harry el Sucio" (Don Siegel 1971), creada ya desde su propia productora, la Malpaso Company.

Eastwood, grandísimo aficionado a la música y practicante de calidad, se lanzó a un musical de nuevo atípico, el western La leyenda de la Ciudad sin Nombre (1969), en la que le hablaba a los árboles. Su voz dulce contrastaba en la pantalla con la de Lee Marvin, que se llevó el éxito musical en las listas internacionales con la canción Wand'rin' Star (Estrella errante entre nosotros) y un Oscar como mejor intérprete. La película fue un enorme éxito por todo el mundo, un western y un musical atípico, pero de nuevo el giro radical le llevará por otros derroteros.

Esta vez no será un forajido, no llevará barba de una semana ni poncho, no cantará a los árboles. Irá trajeado, pero el principio venía a ser el mismo, la pistola rápida y los métodos expeditivos. Se acabó el musical. Será un policía con sus propias reglas, enfrentado a sus superiores y deseoso de apretar el gatillo. El género desmantelado será el maniqueísmo policial, los buenos y malos claramente separados.

En España se conoció a Eastwood con la peculiar voz de Constantino Romero. Lejos quedaba la voz "dulce" del actor sustituida en el doblaje por la profunda de Romero. Entendemos los efectos que puede tener el doblaje en la construcción del personaje y en su interpretación por parte de los espectadores. La voz "débil", melodiosa de "Harry" en inglés se compensaba con el tamaño de su pistola; en la versión española impresionaba más el vozarrón de Constantino Romero diciendo "¡alégrame el día!" que el pistolón. La posibilidad de escucharla en versión original con la llegada de los DVD hizo mucho para comprender las actuaciones de Eastwood y la construcción de sus personajes.

Lo que había pasado con el western a la italiana que los norteamericanos copiaron pronto, pasó con el policial del impasible agente de métodos poco limpios. Se hizo en los setenta, un periodo crítico de políticas, de brutalidad y de protestas callejeras. Harry y irritaba, pero fue un éxito de público y hoy en día se sigue reponiendo en nuestros canales televisivos. La frase "¡alégrame el día!" se ha convertido en popular, en parte de la cultura.

Hay otro Eastwood que contrasta con los modelos de personajes señalados; es el que abre con una película romántica, Los puentes de Madison (1995). Aquí ya no hay los quiebros de La leyenda de la ciudad sin nombre, sino una delicada película de sentimientos, algo que contrastaba con sus rígidos papeles en westerns y policiales. Eastwood siente, tal como Garbó habló, un salto en los registros. El que había sido representado como un hombre detrás de una gran pistola, pasaba a tener otros registros. Se aparcaba la violencia y se dejaba paso a una forma de delicadeza que sorprendía. Un enorme éxito y el público aplaudió la ampliación del actor y director.

Eastwood ha jugado a lo largo de su extensa carrera con estos juegos de géneros incorporando un personaje en el que se sentía a gusto y al que rodeaba de historia y entorno ajustado. Los éxitos de pantalla por parte del público, los reconocimientos de la crítica y la colección de premios de todo tipo concedidos le han valido la etiqueta del "último clásico". Es cierto que su "clasicismo" consiste en arremeter contra los "clásicos", contra los modelos estandarizados y darles la vuelta, pero eso forma parte del juego del arte, el saber cuándo algo está fuera y se puede meter dentro del sistema, cuáles son las variantes prescindibles y cuáles las novedosas.

No es probable que exista en el mundo del cine otra personalidad como la de Eastwood, con éxito en todas esas facetas, de la producción a la dirección pasando por la interpretación. Lo tuvo todo en contra y supo darle la vuelta, hizo de la inexpresividad virtud creando personajes que funcionaban cuando todos pensaban que no funcionarían. Contó historias que se consideraban obsoletas y las llevó al éxito. Levantó lo que otros habían dejado abandonado en el basurero cultural. Es un reciclador nato. 

los carteles, fotografías, etc. le identifican con una pistola grande, enorme, distorsionada por la perspectiva. Pero ha hecho mucho más. Como actor, dicen que es limitado, pero ha sabido jugar con sus limitaciones ajustando el entorno y las historias. Ha roto su propia imagen saltando entre géneros, pero curiosamente se ha reafirmado y fortalecido. Le ha valido ser reconocido como "clásico", el último. Ha llegado hasta el final, un largo final.

Nos dicen que se retira cerca ya de la centena, Una larga carrera, una enorme lista de éxitos y premios. Ha estado ahí hasta que lo hemos considerado imprescindible, inimitable por más que lo hayan intentado. El vaquero que salió de Europa; el duro de la voz suave; el hombre detrás de la pistola que cantaba a los árboles.




José Isbert

Mientras los estudios tratan de crear estrellas conforme a sus modelos, el público tiene sus propios métodos. Pepe Isbert es una estrella del público que los estudios asumieron. Todos los parámetros que sirven para definir una estrella fallan con Pepe Isbert y, sin embargo, ahí lo tenemos, participante en muchas de las películas clave del cine español.

En diez años, entre el 1953 de "Bienvenido, Mr Marshall" y "El verdugo" de 1963, ambas de Luis García Berlanga, tenemos a Isbert en películas como "Los jueves, milagro" (Luis García Berlanga 1957) y  "El cochecito" (Marco Ferreri 1960), todas obras maestras de una época dorada del cine español. En ellas, Pepe Isbert luce su saber hacer como actor.

¿Qué hace de Isbert una estrella atípica? Indudablemente, ser un gran actor y generar la empatía de los espectadores. Isbert es una estrella perdurable, no un capricho del momento. Acaba siendo un sello de calidad y funcionamiento que los directores quieren tener en sus películas: Isbert es una garantía.

Entre los murales de mi Facultad, donde están representados los hermanos Marx, La ventana indiscreta de Hitchcock, Tesis de Amenábar, la Dorothy bajo el arco iris de El mago de Oz o la bici recortada en la luna de E.T., tenemos una pared dedicada a Pepe Isbert y a Manolo Morán (otro gran actor) en la memorable escena del balcón ("¡como alcalde vuestro que soy...!"). Puede que los alumnos que pasan diariamente ante ellos no sepan quiénes son o que hacen allí, pero los monumentos son puestos por algo y por alguien.


Pero el hecho de estar allí como imagen del cine español o simplemente del cine es un recordatorio de lo que es el cine con Pepe Isbert, un actor sin glamur, pero con la cualidad opuesta de ser eso que encuadramos en la palabra "entrañable". El glamur queda para otros, el cariño y empatía que produce la contemplación de Isbert en la pantalla es parte de un proceso de reconocimiento. Su voz cascada nos sitúa en ese espacio de lo entrañable, un término misterioso en su significado pero real en su funcionamiento.

Hay actores memorables por lo que dicen, por sus líneas de guion, pero Isbert es una presencia, alguien en la pantalla que nos hace sentir próximos, un fenómeno cercano a la parte mágica que el cine indudablemente tiene.

El sociólogo Pierre Sorlin sostiene que es esa conexión con ciertos actores y actrices lo que nos lleva a las salas, ese sentimiento placentero que nos desconecta del mundo que dejamos fuera y nos adentra en otro diferente, mágico, primario, creado en la oscuridad de la sala.


Pepe Isbert es más que sus personajes, algo propio de ciertas estrellas, de muy pocas. No fue perdiendo con el paso del tiempo, sino ganando.

Lo podemos comprobar es sus filmes, en como llena la pantalla cuando aparece y nos cambia el rostro a los que estamos viendo. Algo ha cambiado. Recordemos simplemente la parodia de western en pseudo inglés balbuceante en ¡Bienvenido Mr. Marshall! No hace falta hablar, lo cómico está ahí.

Invitamos a descubrir estas experiencias en las obras maestras citadas o en obras menores, pero que contaron con su presencia, películas como la trilogía de "la familia" con su papel de abuelo rodeado de nietos.

Isbert es y representa una España ya lejana, lo recordamos en sus papeles de mayor, mientras que nos sorprende en las fotografías de joven en sus primeras películas. Isbert estuvo de joven en el teatro, nos dicen que no le interesó el cine mudo, pero que luego dio el salto al sonoro. Es ya en su etapa adulta cuando jóvenes directores se fijan en él, como García Berlanga, y lo incorporan a su retrato generacional de una España que critican. La diferencia entre un Isbert joven y otro mayor es olvidada en beneficio de esta última. Es un Isbert medio sordo, medio carrasposo en su habla, una imagen de una España que está pasando. Pero el efecto es lo entrañable, la atracción de la estrella imperfecta.

Joaquín Mª Aguirre







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