¡Rodando! Revista de Cultura cinematográfica nº1 - 2026 Sección Esa película
Sección Esa película
El canto del gallo
en El ángel azul
(Josef von Sternberg 1930)
Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
La película El ángel azul, de Josef von Sternberg, es más recordada por ser el debut de Marlene Dietrich, pero merece mucha más atención, pues es tiempo la ha convertido en una pequeña joya elaborada en los albores del cine sonoro.
Se
ponderan habitualmente los aciertos de los intérpretes y aspectos visuales como
la iluminación el tratamiento de los espacios con una importante división
simbólica entre los espacios antagonistas de la escuela y los escenarios de los
teatros como centro del funcionamiento de la película. Los elementos
estilísticos —como encuadres, iluminación, angulaciones y enfoques, etc.— son
igualmente ponderados por historiadores y críticos. Cercana al siglo desde que
se creó, la película se puede seguir disfrutando por lo que fue su modernidad
expresiva en todos los órdenes.
Quiero
centrarme en un aspecto que creo menos estudiado, como son las dimensiones sonoras,
especialmente en una película realizada en los albores del cine sonoro.
Los
sonidos ambientales
Lo
primero que llama la atención durante la vista de la película es la gran
cantidad de sonidos ambientales que nos muestra. Hay que lucir el sonido y en la
pantalla se van sucediendo imágenes de objetos sonoros: relojes, campanas,
portazos, pasos, etc. Todo suena. El vínculo entre el objeto y su sonido es icónico,
reproduce la dimensión sonora del objeto prácticamente sin valor narrativo o
psicológico, es decir, en la construcción de los personajes.
Lola
Lola (Marlene Dietrich) canta y el público
es ruidoso. El profesor Rat ("Basura", "Unrat" en el
original literario de H. Mann) enseña las asignaturas de Inglés y Literatura y
se empeña en que estos pronuncien a la perfección un simple "the".
Les hace repetirlo una y otra vez. Ninguno logra la perfección que él exige.
Les hace escribir doscientas veces la palabra que se les resiste.
En la
obra novelesca de Heinrich Mann se insiste en lo que supone la Literatura para el
profesor:
«La amistad y la literatura, he
aquí lo único verdadero», se dijo mentalmente, como siempre que iba a situarse
ante el pupitre. Aquella frase, leída en no sabía ya qué libro, se había
convertido para él en una muletilla que se veía obligado a repetir cada vez que
se disponía a trabajar. Nunca pudo saber lo que era la amistad. ¡En cambio, la
literatura!… En ella entraba su obra suprema, que maduraba allí, en la soledad
de su cuarto de trabajo, ignorada de todos, y que florecería quizás un día
sobre su tumba, entre el asombro de las gentes.
Traigo
este fragmento para que comprendamos porqué se centran las escenas en el aula
en el aprendizaje de la Lengua inglesa, más que en la Literatura aunque se
comience la lección con Hamlet, para pasar inmediatamente a la "correcta pronunciación"
de ese "the" que se les resiste.
El simbolismo del sonido
El uso
de la lengua y la pronunciación perfecta como meta en la vida y signo de perfección
permitirá posteriormente interpretar la pérdida del lenguaje del profesor como
parte de su descenso a la vulgaridad y a su inmersión, arrastrado por Lola
Lola, hacia ese infierno.
Podemos
interpretar lo que la película nos ofrece como un tránsito de la
"perfección" elitista de Unrat y su desprecio de alumnos y resto de
la sociedad que le rodea a la imperfección absoluta representada en el filme de
Sternberg por una serie de elementos visuales (aspecto, vestimenta,
comportamiento, etc.) y otros basados en la pérdida del lenguaje, un camino que
va de la exigencia absoluta de la pronunciación perfecta hasta la pérdida de la
humanidad del lenguaje.
Esto se
logra en un recorrido degradante que va desde la boda con Lola Lola, en la que
ella no habla, sino que finge el cloqueo de una gallina en forma seductora.
Finalmente, Unrat emite un feliz canto de gallo. Ha roto su soledad y se ha
casado con una hermosa mujer.
Lola
Lola es una mujer fatal. Su belleza ha hecho sucumbir los principios en los que
basaba el sistema existencial de Unrat. Todos sus principios saltan por los
aires. Todo lo que se jura no hacer, como vender las postales eróticas de su
esposa entre los asistentes a su espectáculo, que le vemos vendiendo en la
siguiente escena, le llevan a la destrucción física y moral, a la progresiva
degradación, cuya culminación será convertirlo en payaso del que burlarse en el
escenario de la misma ciudad en la que ejerció en su Liceo.
Los
juegos de magia que se realizan sobre él son sacar huevos de distintas partes
de su rostro. Todo esto se realiza ante un público compuesto por sus antiguos
alumnos y conciudadanos. La humillación es absoluta. La respuesta enloquecida
de Unrat es un canto de gallo enfebrecido, furioso, violento, inhumano... Es el
extremo opuesto al que fue el inicio, con una cuidadosa pronunciación que sus
alumnos eran incapaces de repetir. Ahora ven a su viejo profesor transformado
en un esperpento visual y auditivo.
Ante su
violencia desatada, a Unrat se le pone una camisa de fuerza hasta que se calma.
Saldrá de allí, deshecho, para morir agarrado a la mesa de su vieja aula, de la
que no podrá ser separado. El regreso se ha consumado con la pérdida de su humanidad
y dignidad.
El
canto del gallo le sirve a los autores —director, guionistas— para mostrar de
forma clara la degradación del personaje, de humano a animal. Es un uso
narrativo y simbólico del sonido, en el que lejos de otros sonidos ligados a
los objetos, se consigue que forme parte de la historia de forma clara y
esencial. De lo que se trataba es de aprovechar la capacidad técnica del
registro del sonido para producir el sentido.
Adquiere
su significación entonces la acumulación de sonidos —campanas, relojes,
portazos...— precisamente por su falta de valor simbólico. Hay un sonido del
mundo que les rodea y hay otro que forma parte de los personajes creando un
aspecto simbólico esencial.
Cobran
significado las pronunciaciones exquisitas iniciales, los arrullos de Lola Lola
con forma de gallina y la evolución del personaje de Unrat del gallo alegre y
ufano, orgulloso de lo conseguido a la furia final de gallo, al grito de ira,
de irracionalidad y violencia.
Se
renuncia en gran medida a la palabra porque esta forma parte de la humanidad del personaje. Podía haberse
tomado otro camino, pero la clase inicial de Lengua marca el elegido para
llegar al desenlace, crea su propia lógica interna.
El ángel
azul no es solo un filme sonoro, sino un filme en el que lo que escuchamos esta
resignificado, cumple una función
precisa en el interior del texto. Al uso convencional del sonido se une una
importante función, la simbólica, constructiva del personaje.
Cuando un filme es poesía*
(A propósito de “Léolo”, Jean-Claude Lauzon: 1992)
Mar Marcos Molano (UCM)
...
Sobre la literatura en el cine
Quiero
ir a descansar con la cabeza entre dos palabras, como el protagonista de la
película que veo, como el protagonista de la obra que leo. No soy observador,
ni lector, soy ese niño que huye de la realidad a través de la literatura, soy
ese director que huye de lo real a través del cine: Lauzon es Léolo y Léolo soy
yo.
La
escritura se vuelve entonces mi única salida y la película es la metafórica
explicación del hecho que me anima a escribir. No escribo para nadie porque
nadie me lee, y mis textos no son más que párrafos conectados a golpes de
sueños y poesías. Y realizo mi película como un poema visual: Quiero ir a
descansar con la cabeza entre dos planos.
Literatura
en el cine. Cine como literatura...
Lauzon
es Léolo y Léolo soy yo. Es entonces cuando las palabras se transforman en
imágenes superando cualquier percepción simbólica para llegar a la abstracción
visual: transito entre planos como entre palabras, hasta enloquecer de
realidad. Las imágenes evocan y se amontonan unas sobre otras como las palabras
en un párrafo. Es entonces cuando escribo para no morir en vida...
En
las líneas siguientes vamos a centrar nuestra atención en la relación existente
entre cine y la literatura a través una película de una belleza cinematográfica
inquietante y un porte literario digno de análisis. Se trata de “Léolo”,
Jean-Claude Lauzon: 1992.
El
filme adopta, desde el punto de vista literario, una estructura sometida a las
claves del género autorreferencial en forma de diario íntimo y, desde el punto
de vista cinematográfico, responde a un planteamiento moderno, bastante alejado
de las claves del discurso hegemónico.
Para
realizar el análisis, hemos adoptado el humilde papel de aquél que escribe un
diario, ése que se hace más preguntas que ofrece respuestas, ése que manifiesta
sus dudas e inseguridades según avanza en su texto. Siempre recordando que lo
esencial en este tipo de género literario autorreferencial no es el desenlace,
sino el recorrido.
Iniciemos
el camino hacia Léolo...
¿Por
qué Léolo lee y escribe?
La
escritura de páginas inconexas adquirirán a lo largo del filme la estructura de
un diario íntimo al ser amontonadas por un lector casual sorprendido por la
reiterada declaración de intenciones de un niño que constantemente repite una
frase copiada a otro <porque sueño no lo estoy>, metáfora de una angustia
similar a la suya, “porque sueño no estoy (loco)”. El niño se transforma en el
autor de un puñado de poéticas autorreferencias firmadas con pseudónimo: Léolo,
porque él así lo exige <después de este sueño exijo que se me llame Léolo
Lozone>. Así es como surge Léolo, un personaje de su propia ficción, sobre
la piel de un niño al que todos insisten en llamar Leo. Un personaje que se
aferra primero a la lectura y después a la escritura como modo de contener el
patológico universo que acecha con engullirlo, un personaje que reúne las
palabras que le faltan para reclamar de ellas el valor simbólico del que a
priori carecen. Es la literatura la que permite a Léolo aferrarse a su recreada
identidad y al tiempo diferenciarse de lo que le rodea.
Y
gracias a ella llegar a la perfecta afirmación del individualismo. Frente al
héroe universal, arquetipo de la buena conducta, el yo se afirma desde el
“cogito ergo sum” de Descartes y se afianza en la literatura del XVIII: “Yo
quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de su naturaleza y
este hombre seré yo” (Rousseau, “Confesiones”). Es la voluntad de aparecer
desnudo ante los demás.
Cuando
esto ocurre asistimos a la total identificación narrador / autor / personaje /
lector-observador, es el “pacto autobiográfico” y su eficacia consiste en la
adhesión del lector al relato a partir de los juicios que la propia literatura
impone. Así, el gusto por el lenguaje se manifiesta maximizado, sin esa
exploración del lenguaje llevada al límite, no se puede concebir la obra porque
la aventura interior no puede expresarse con una escritura limitada. De igual
modo, el proceso autobiográfico pone de manifiesto la voluntad de buscar en sí
misma la materia literaria, lo cual es imposible sin una pasión por el espíritu
o una gran curiosidad. A ello se une la idea de que el compromiso personal es
tanto la causa del texto como su objeto: en la base de toda introspección
subyace el gusto de contemplarse, como en el fondo de toda confesión reposa el
deseo de ser absuelto.
¿Qué
busca Léolo en la lectura? <No intento recordar las cosas que ocurren en los
libros. Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor. Que
me diga que hay más vida de la que puedo abarcar. Que me recuerde la urgencia
de actuar>.
¿Qué
le exige a la escritura? Porque ni siquiera las palabras alcanzan la necesaria
función esencial: no son leídas ni escuchadas, las palabras son simples manchas
de tinta que emborronan el papel cuyo único destino es el cubo de la basura del
patio de su casa. Su exigencia pasa, en un primer acercamiento, por el mero
acto de escribirse a sí mismo, hacer frente a la realidad de un tal Leo que
habita en una piel que no es la suya. Como Proust o Joyce, Léolo busca
reconciliar la escritura con el acto inmediato de la conciencia: monólogos
interiores, afloramiento del recuerdo y asociaciones de ideas como forma de que
el lector experimente sensaciones.
Y
Leólo se aferra a la escritura con la pasión descarnada del que vive para ello,
como el romántico atormentado que no descansa, creando textos sometidos a una
incesante fragmentación, como el bohemio incapaz de cerrar un pensamiento
coherente. Un discurso troceado, interrumpido, un puzzle de piezas que no casan
unas con otras, trozos de sueños rotos, papeles arrugados que van a estamparse
contra el suelo tras ser arrancados del cuaderno, restos de la experiencia
trágica de un fracaso anunciado que se amontonan hechos una bola en el cubo de
la basura, como sus inquietudes y deseos, constantemente afectados por una suerte
de imposibilidad material.
Su
aventura literaria le conduce a la muerte, pero no del sueño, y con ella a la
destrucción de Leo, pero no de Léolo, porque Léolo sueña y por esa razón, él no
lo está: «parce que moi je rêve, moi, je ne (le) suis pas>. (Porque yo
sueño, yo no (lo) estoy)
¿Por
qué Leo crea a Léolo?
Para
negarse. Porque negando a Leo puede “tomar el camino más corto”. Porque siendo
Léolo bien puede ser el hijo de un tomate siciliano. Porque “sólo los que creen
en su propia verdad le llaman Leo Lauzeau”. Y ésa no es su verdad, porque él es
Léolo, Léolo Lozone y “además no habla con extraños”. Su identidad esquizoide
le permite ver su entorno real con la objetividad de lo lejano. Léolo no habla
con extraños, y extraños son los miembros de la familia de ese Leo que se
aferra a su existencia hasta ahogarle de realidad.
Un
travelling psicológico acompaña la escena de madre e hijo en el cuarto de baño.
Esa cámara móvil que permite al espectador del filme penetrar en el corazón de
lo insondable: <hasta donde alcanzan mi memoria, los olores y la luz habían
soldado mis primeros recuerdos. Mi abuela había convencido a mi padre de que la
salud florece al cagar>. La madre, cual matrona siciliana reposa sus carnes
orondas en el retrete mientras con una linterna anima al bebé a aflorar su
salud en forma de excremento. Una iluminación cuidada y expresiva acompañada de
ese lento movimiento de travelling introduce al observador en las profundidades
de lo inconmensurable mientras un fundido a negro impide que nos recreemos en
lo escatológico y tan sólo evoquemos la pesadez de la escena a través del
llanto de Leo.
Su
madre, la enormidad hecha persona. Fuerte, ajena a la locura de su familia.
Luchadora. La única relación entre Leo Lauzeau y Léolo Lozone. La única capaz
de comprender su universo.
La
familia de Leo. La familia sobrevive a su existencia en la frialdad oscura del
lugar que acumula locos en sus pasillos. Todos se han trastornado, quizá porque
no han seguido la terapia adecuada. ¿Es la literatura una terapia apropiada?...
Su
hermano. Fernand. Un muchacho inocente. Un referente para un Leo cuya figura
paterna no representa nada. Un referente para Léolo cuya figura paterna tiene
forma de tomate. No muy brillante, pero trabajador, organizado, retrasado.
Luchando por sobrevivir a situaciones adversas, maltratado físicamente por su
bondad, decide hacer del culto al músculo su razón de ser. Pero ni el
entrenamiento constante, ni las tabletas de anabolizantes consiguen que su
débil personalidad se apee del miedo a enfrentarse a lo real: < un día
entendí que el miedo habita en lo más profundo de lo humano>.
Su
hermana mayor. Nanette. Aparente habitante de un universo desconocido. Con la
mirada encerrada en unas grandes gafas que le impiden ver que no es más que una
víctima de una obsesión enfermiza castigada a repetirla cada vez que alguien
repara en su existencia <alguien me ha robado mi bebé>. En su vida no hay
más que un bebé que nunca existió.
Su
hermana pequeña. Rita. Extraña, angustiosa, asfixiada en su incontinente
corteza. Diva del submundo de los sótanos, reina en un país de insectos
encerrados en tarros de cristal. Un día fue <atrapada y apresada por la luz
diurna >, atada para siempre a la cama de un psiquiátrico. Nunca hablaba,
siempre sonreía.
El
abuelo. Sujeto degenerado, falto de honestidad y virtud alguna. Causa para
Léolo de todos los males de su familia y del suyo propio, que pasa horas metido
en la bañera para baldear su senectud entre espumas y arrugas, acompañado del
único amor de Léolo, Bianca, quien muestra sus pechos a cambio de unas monedas
viejas, gastadas por el paso de los años, la experiencia y la decrepitud. Matar
al abuelo está justificado porque <parece como si la herencia del abuelo
pesara sobre toda la familia y su célula sobrante estuviera en el cerebro de
todos>.
Y
todos aparecen en la escena ocupando su sillón individual en la frialdad del
lugar que recoge a los locos. De nuevo un travelling en su movimiento hacía
atrás barre a su paso los rostros inexpresivos de quienes ya habitan una
realidad castigada por la locura. Un movimiento de cámara que cierra sobre
plano corto de las dos personas de la familia (Leo y su madre) aparentemente no
afectados por “la célula sobrante” del abuelo. La cámara, en su hábil
desplazamiento nos ha metido ahí, mas no nos ha encerrado en ese lugar porque
nosotros, como Léolo “no hablamos con extraños”.
Porque
Léolo no habla con extraños, y extraños son los miembros de la familia de ese
Leo que se aferra a su existencia hasta engullirlo de realidad. Leo crece sólo,
entre revistas de mujeres desnudas con fotos en blanco y negro, masturbándose
con todo lo que encuentra, negando a Léolo, hasta casi confundirse. Un punto de
vista subjetivo nos muestra a Leólo siendo testigo del insultante trato que su
abuelo hace de su enamorada, “Bianca, mon amour...”
La
bizarra realidad de Leo no acaba en su familia, sus amigos cierran el mísero
círculo de su existencia. Como ocurre con esa familia negada por Léolo, los
amigos de Leo no son los amigos de Léolo. El entorno no puede ser más sórdido.
Muchachos ataviados de cuero negro que no superan los doce años, jóvenes faltos
de motivaciones e inquietudes, infectados de alcohol y otras drogas, gritan
hasta la extenuación <Cobarde, cobarde, cobarde!!>. La valentía se mide
en términos vejatorios y las situaciones límite se convierten en una siniestra
hiperafirmación del yo: <no hay aquí cabrón que se atreva, poned cinco pavos
sobre la mesa y lo veréis>. La inocencia se escapa a través de las braguetas
de sus jeans, marcando el inicio de un lento camino hacia la autodestrucción. Y
de nuevo la cámara nos obliga a contemplar la escena desde dentro. Esta vez no
a través de una cámara móvil sino de un montaje agresivo practicado a una
planificación hiperfragmentada. Los planos se agolpan como las voces de los
muchachos, mientras la voz off nos recuerda que Léolo está a salvo, que ésos no
son sus amigos.
¿Qué
escapatoria tiene Leo si no es Léolo?
A
sólo unos pocos metros “y tomando el camino más corto”, Bianca, su amor. Un
deseo vivido en silencio, una pasión imposible para Leo por estar franqueada
por los años de diferencia entre ellos, mas no para Léolo, que “pasaba noches
enteras leyendo o escribiendo sin verla”. Las exigencias sexuales propias de la
edad son manifiestas en Leo, pero se diría que Léolo las ahogara entre sus
versos: <Basta con que me pusiera a escribir para que Bianca viniera a
cantarme>. Y ambos ahogan sus pasiones sexuales como saben, o como pueden.
Regina, la muchacha exuberante capaz de masturbar a dos jóvenes a la vez, es
para Leo lo que Bianca es para Léolo. Y de nuevo la cámara atrapa la imagen de
su confrontación. Un movimiento de grúa recorre un espacio en ruinas para, con
un desplazamiento descendente, recoger en plano general la imagen de dos niños
magreando a la joven Regina. Un espacio sucio, en ruinas, que funde a negro con
los sedientos quejidos de placer de ambos muchachos. El movimiento de cámara se
repite pero el espacio recreado es otro cuando se trata de Bianca. Una música
off torna súbito diegética para poner en labios de la joven una melodía de amor
italiana. El edificio, el patio de la casa no está en ruinas, es el espacio de
lo habitado, es el lugar del momento para el amor. La joven tiende la ropa.
Léolo vive su amor por ella reposándolo sobre el alféizar de la ventana.
El
movimiento descendente de la grúa llena el plano de una Bianca fruto de los
sueños de Léolo, al margen de esa joven que muestra sus pechos al viejo
decrépito. Sin distancias infranqueables. Bianca es de Léolo, aunque ella aún
no lo sepa. Bianca es “la blanca plenitud de finos tobillos que un día clavó la
pena de un pecho punzante en el que (Léolo) creyó”.
Léolo
creía engañar a Bianca con Regina porque “no tenía el valor de asumir su amor
por Bianca” pero no es cierto. Léolo vive su amor por la italiana a golpe de
pluma y papel siguiendo la ilógica de sueños y emociones, de poesía y música,
de belleza y plenitud, como la luz plena de que de vez en cuando asoma cuando
su pluma se estampa contra el papel destilando versos dirigidos a su amada. Por
fin una noche lo comprendió: <Y una noche entendí de dónde venía esa luz.
Era Bianca, que cantaba para mi desde el fondo del armario>.
¿Por
qué puedo leer a Léolo?
Porque
las palabras de Léolo encuentran lector, pese a que escriba su diario para no
ser leído. La esencia misma de la palabra consigue atrapar su valor simbólico
negado por naturaleza, de la mano de un personaje enigmático que, buscando
entre las basuras encuentra retazos de las vidas de otros y las reconstruye
dando vida a sus historias a partir de los fragmentos. Como piezas de un puzzle
que engarzan, ahora sí, con absoluta precisión: <El domador de versos cree
que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos
para renacer en la imaginación de los hombres>.
Los
textos de Léolo tienen, sin él saberlo, un destinatario. Un lector que irrumpe
en la diégesis para rescatarlos de la basura y provocar el intercambio
simbólico necesario. El domador de versos entra en la historia para articular
el relato.
Personaje
y narrador que, acomodado en su abigarrado estudio convertido en barroco lugar
para la enunciación, crea historias a partir de elementos de distinta
naturaleza.
Es
en este preciso espacio donde tiene lugar la operación de unión de elementos
dispares como la palabra y la imagen, las frases y las sonrisas..., el fuego
reunifica lo que estaba troceado, un montón de vidas rotas perteneciente a una
multitud anónima.
Y
la imagen del filme muestra en plano fijo al domador ante la hoguera,
reconstruyendo lo extinto, mezclando fotografías con poesías, sueños con
frustraciones...: <Hay que soñar Léolo, hay que soñar>. La voces off de
los desconocidos que no son más que plata metálica sobre un papel fotográfico,
se estremecen entre las brasas para volver a la vida, y suben a segundo término
sonoro, encabalgándose en una letanía de angustiosos pesares.
Pero
podría pensarse que el domador no es un personaje sino el fruto del delirio de
un niño en su necesidad de dar valor esencial a lo que no lo tiene, sus
palabras. <Me llevó tiempo comprender que él era una reencarnación de don
Quijote.
Y
que había decidido luchar contra la ignorancia >. De este modo, como
personaje delirante, actúa en el universo de Léolo como transmisor de sus
inquietudes, como presencia intangible de narrador que todo lo sabe, y con muy
poca presencia en el universo de Leo para el que además, disfraza su personaje
con hábitos de vagabundo.
Es
así como irrumpe en el universo de Leo, para dejar su primer libro a Léolo.
(“L’avalée des avalés” de Rejau Ducharme): <Era gordo, las palabras se
amontonaban unas sobre otras y exigían mucho esfuerzo de concentración para
desvelar sus secretos>.
¿Por
qué yo soy Léolo?
Pero
aún hay más. En un brillante ejercicio de realización, Lauzon acerca al
espectador, con el siempre tiempo presente de la imagen cinematográfica, a una
amalgama espacio temporal cuyo lecho descansa en el presente de las imágenes
salpicadas de flashback, y sobre el que se asienta la construcción delirante
del que combina dos voces pertenecientes a un universo alternativo cuyo tiempo
se instala en el pasado. El director del filme prepara un caldo de cultivo
donde sumergir hábilmente a su espectador para hacerlo viajar en el tiempo,
pero no sólo en términos de orden del relato, sino preparándolo para aceptar la
construcción delirante como la más verosímil. De este modo Léolo se apodera de
mí como espectador, y paso a sentir su realidad como la real y su verdad como
lo verdadero. Mi proyección inconsciente me instala en el universo que Léolo y
yo construimos en cada frase, en cada párrafo, en cada reflexión:
<Porque sueño yo no lo estoy. Porque sueño, sueño,
porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día.
Porque no amo, porque me asusta amar, ya no sueño, ya no estoy>.
Ambos
huimos del contexto de la familia, rechazamos a los amigos, nos castigamos por
estar con Regina..., huimos de Leo, hasta negarlo. Esta habilidad
cinematográfica me permite vivir la esquizofrenia de mi personaje y entenderlo
como un héroe, un héroe moderno que responde claramente al discurso
cinematográfico de vanguardia: un discurso que se cuestiona la realidad
manifestada por el discurso clásico el cual atiende a la relación entre la
causa y el efecto. Para el cine clásico, la realidad se manifiesta como una
coherencia tácita y necesaria entre sucesos por lo que la motivación realista
corrobora la motivación composicional. El discurso moderno cuestiona tal
realidad al proponer que aquello que rige el mundo real puede no ser cognoscible
y la psicología individual puede ser indeterminada. Las nuevas convenciones
exigen otras realidades. Ello no implica que el realismo de este tipo de cine
sea más real que el del filme clásico, se trata de un canon diferente de
motivación realista que justifica opciones compositivas y efectos específicos.
Estas formas específicas motivan una imprecisión de la causa y el efecto, una
construcción episódica del argumento y un aumento de la dimensión simbólica a
partir de las fluctuaciones psicológicas del personaje. Es por esta razón que
yo como observador debo tolerar lagunas causales más permanentes de las que
serían normales en un filme clásico. Debo tolerar la casualidad en la
mostración de los hechos y no la causalidad, debo unificar la historia apelando
a las improbabilidades de la “vida real”.
En
este tipo de construcción cinematográfica obviamente el interés por el
personaje es mayor que el interés por el argumento. Sin nexo causal sino casual
todas mis expectativas como observador se convierten en igualmente probables o
improbables. Tanto es así que la construcción episódica es la dominante. El
personaje me obliga pues a deslizarme de una situación a otra pasivamente, ya
que no tiene un objetivo claro, un efecto a una causa. Si el protagonista clásico
lucha, el moderno va a la deriva con un destino basado más en el azar, pasando
por el mundo social del filme pasivamente. El único atisbo de causalidad
argumental, deviene del reconocimiento por parte del personaje de estar abocado
a una crisis existencial. Quizá lo más interesante es que la situación límite
proporciona un centro formal donde poner en funcionamiento la dominante del
discurso moderno del “realismo psicológico”. Desde este punto de vista, parece
lógico que el discurso haga hincapié no en la acción sino en la reacción,
presentando efectos (psicológicos) en lugar de causas. El realismo psicológico
permite a los personajes revelar su interior al resto y al espectador. Es un
realismo expresivo que me permite a su vez, acomodarme en el interior de mi
personaje, hasta ser él. Hasta ser Léolo...
¿Por
qué Léolo me abandona?
Porque
después de hacerme sentir como él, de introducir “mi cabeza entre dos palabras”,
(entre dos planos), porque después de haberme hecho creer que la escritura
puede ser la terapia para la redención, Léolo me abandona para negarme, como ya
lo hiciera con Leo. Y ahora me quedo sola con Leo, ese niño al que yo también
he negado durante todo el filme. Y me siento engañada, después de todo, Léolo
Lozone no es nadie, su nombre no significa nada porque sólo él se lo ha dado.
Porque
nadie lo nombra, aunque él así lo exija. No es más que el equivalente del “yo”
sólo presente en su escritura delirante ansiosa de afirmarse en la palabra. Y
cuando creía que nadie le nombraría y ahogar así mi malestar, alguien le llama,
y no cualquiera sino ella, su madre: la persona que dio vida a Leo se la da al
fin a Léolo en un grito desgarrado de dolor, mientras abraza el cuerpo del
muchacho pidiéndole que no la deja sola.
<Leo, no me hagas esto. Leo, Léolo!>.
Léolo
por fin existe, porque por fin es nombrado. ¿Cuándo?, una vez desaparecido Leo.
Pero ni Leo ni yo seremos recordados. Porque ni Leo ni yo hemos escrito nada,
no hemos sido sino la efímera piel del inmortal. Porque el cuerpo se pudre mas
no la imaginación y los versos de Léolo, clasificados, inventariados por el
domador, se amontonarán polvorientos en la vieja estantería del lugar de la
enunciación del filme. Y expuestos al lector casual podrán emerger en forma de
película con tan sólo leer en off los párrafos inconexos que un día aparecieran
emborronados en una papelera. Léolo me ha negado gracias a la escritura, y se
ha ido “a descansar al valle de los avasallados”, de los engullidos, de los
aniquilados.
<A
ti la dama, llena de anciana melancolía, que con grito solitario hiendes mis
carnes ofreciéndolas al tedio, tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué
camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda.
De
las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira
que tú me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud era una morena de finos
tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí y que no me
dejó más que el remordimiento de haber visto la luz sobre mi soledad>.
















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